
Tampoco tiene la culpa Sebastian Loeb, un piloto excelente del que he perdido la cuenta de las veces que ha sido campeón del mundo de rallyes, eso si, con el mejor coche (era el único), un equipo siempre a su favor, corriendo contra él mismo y sin ningún tipo de competencia ni presión. No pretendo quitarle mérito a este piloto, ya que no lo tiene.


30 años antes, mucho trabajo, inolvidables penurias y otras extrañas historias no le impidieron a Ari Vatanen ser campeón del mundo en 1981, con su Escort RS, tenía que subirse por las paredes y jugársela tramo tras tramo con tipos duros de equipos oficiales como Alen, Rohrl, Toivonen, Mikkola y otros héroes de los rallyes. Hoy en los rallyes ya no hay héroes, hay antihéroes, y no lo digo solo por los pilotos sino por los utilitarios tuneados que son indignos merecedores de la historia de este deporte que tanto espectáculo ha dado y que ha pasado a mejor vida.
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